Paloma empujó la puerta de madera con la mano que le quedaba libre. Con la otra sostenía una bolsa llena de regalos. Atrás de ella, Mateo cargaba una mochila y miraba todo con los ojos bien abiertos, como quien llega a un lugar que solo conocía por las historias que su madre le contaba antes de dormir. La casa olía a leña apagada y a tierra húmeda.
Todo estaba igual. La mesa de madera en el centro, el mantel bordado con flores que Rosario había hecho con sus propias manos, el jarro de barro junto a la ventana, todo igual, pero algo faltaba, algo que Paloma no podía nombrar todavía, pero que sentía como un hueco en medio del pecho. Papá. Francisco apareció desde el fondo del pasillo. Caminaba despacio, más encorbado de lo que ella recordaba, con el sombrero en la mano y el cabello completamente blanco.
Paloma sintió que el aire se le iba del cuerpo. Papá, ¿dónde está mamá? Él caminó hasta la cómoda vieja que estaba junto a la puerta del cuarto. Abrió el cajón de arriba, el que siempre rechinaba. Sacó un sobre amarillento arrugado en las orillas con una letra temblorosa escrita al frente. Se lo entregó a paloma sin decir una palabra. Ella leyó lo que decía el sobre y las piernas se le doblaron. para mi paloma, cuando Dios quiera. Era la letra de su madre.
Ahora sí, porque para entender como Paloma llegó a ese momento, parada frente a su padre con una carta en las manos y el mundo derrumbándosele encima.
Tenemos que volver muchos años atrás a un pequeño rancho perdido entre los cerros de Oaxaca, donde una niña soñaba con irse muy lejos, sin saber todo lo que iba a dejar atrás. San Juan Taba es uno de esos lugares que no aparecen en ningún mapa. Un puñado de casas de adobe regadas entre los cerros de la sierra norte de Oaxaca, donde las nubes bajan tan cerca que a veces parece que puedes tocarlas con la mano. Ahí no llega el ruido del mundo, solo se escucha el viento entre los pinos, el canto de los gallos antes del amanecer y si pones atención, el río que baja entre las piedras allá por la barranca.
En ese lugar nacieron Francisco y Rosario, y en ese lugar se quedaron toda la vida. Francisco Valderas Muñoz era un hombre de pocas palabras y muchos silencios. Se levantaba todos los días cuando el cielo todavía estaba oscuro. Se ponía sus guaraches gastados, su sombrero de palma y salía a trabajar la tierra como le enseñó su abuelo y como su abuelo le enseñó a su padre. Sembraba maíz, frijol, calabaza. Cuidaba unas cuantas gallinas y dos chivos que le daban más problemas que otra cosa.
No se quejaba nunca, no pedía nada. Francisco era de esos hombres que creen que el trabajo duro es la única forma honesta de vivir y que las palabras sobran cuando las manos ya dijeron todo. Rosario Herrera de Balderas era distinta, pero de una forma que lo completaba. Ella se levantaba antes que él, antes que los gallos, antes que el sol, antes que nadie. Prendía el fogón de leña, calentaba el comal y el olor de las tortillas recién hechas se colaba por toda la casa como un abrazo tibio.
Después salía a darle de comer a las gallinas. Revisaba la huerta donde tenía sus chiles, sus jitomates, su hierba buena. Y si le quedaba un rato libre, se sentaba junto a la ventana a bordar servilletas que nadie le había pedido, solo porque le gustaba dejarle algo bonito a cada rincón de esa casa. Todas las noches, antes de acostarse, Rosario rezaba el rosario en silencio. No lo anunciaba, no hacía ruido con eso. Simplemente se sentaba en la orilla de la cama, cerraba los ojos y movía los labios despacio.