Hija Regresó con Su Hijo para Sorprender a Sus Padres… y Encontró una Carta de Su Madre…

Y Toñito sabía que esa muchacha de la foto era la hija que se fue y que nunca volvió. y sabía, sin que nadie se lo dijera, que el lugar que él ocupaba en esa mesa no era suyo, era prestado, pero lo cuidaba como si fuera propio. Rosario empezó a sentir las punzadas en el estómago un martes por la mañana mientras molía el maíz para las tortillas. Se le fue la fuerza de los brazos de golpe, como si alguien le hubiera jalado un hilo por dentro.

Se recargó en la mesa, apretó los dientes y esperó a que pasara. Cuando pasó, siguió moliendo como si nada hubiera ocurrido. No le dijo nada a Francisco, no le dijo nada a nadie. Las punzadas siguieron una vez por semana, después dos, después todos los días. Rosario aprendió a esconderlas. Sonreía cuando le dolía. Se sentaba despacio cuando nadie la veía. cocinaba con las manos temblorosas y lavaba los trastes mordiéndose el labio para no hacer ruido. Perdió peso, la ropa le empezó a quedar floja, pero cuando Francisco la miraba, ella decía que estaba bien, que era el calor, que no había dormido bien.

Francisco le creyó las primeras semanas, después dejó de creerle. Una mañana la encontró sentada en el piso de la cocina, recargada contra la pared, con los ojos cerrados y las manos agarrándose el estómago. Tenía la cara gris. Francisco se arrodilló a su lado y le tomó las manos. Estaban heladas. Rosario le dijo. Y ella supo por el tono de su voz que ya no podía seguir mintiendo. Esa semana Francisco hizo algo que no había hecho en años.

Bajó a Xlan un día que no era jueves, caminó hasta la clínica y pidió que le dieran una cita con un doctor. El doctor de Xlan los revisó, frunció el ceño y los mandó a Oaxaca de Juárez, al hospital grande. Tomaron un camión que tardó 4 horas por la carretera de curvas. Francisco iba sentado junto a la ventana con la mandíbula apretada. Rosario iba con la cabeza recargada en su hombro, con los ojos cerrados, fingiendo que dormía.

En el hospital les hicieron estudios, los hicieron esperar tres días. Rosario no se quejó ni una vez. Cuando el doctor lo sentó en su consultorio y les explicó lo que tenía, usó palabras que Francisco no entendió del todo, pero entendió una. Avanzado. Y entendió otra. No hay mucho que hacer. Cáncer de estómago, demasiado tarde. Lo mejor era llevarla a casa, mantenerla cómoda, estar con ella. Francisco no lloró. Apretó la mano de Rosario tan fuerte que ella tuvo que decirle bajito, “Tranquilo, viejo, me estás lastimando.” Él aflojó la mano, pero no la soltó.

no la soltó en todo el camino de regreso. Esa noche, cuando Rosario ya estaba dormida, Francisco salió al corredor y se quedó parado en la oscuridad mirando los cerros. Después caminó hasta la casa de doña Crescencia y le pidió el teléfono. Marcó el número que Paloma les había dado hacía años, el único que tenían. Una voz en inglés te dijo algo que no entendió. Marcó otra vez la misma voz. El número ya no existía. Francisco se quedó con el teléfono en la mano parado en la sala de doña Crescencia, escuchando esa voz automática que le repetía lo mismo una y otra vez en un idioma que él no hablaba.

Doña Crescencia lo miraba desde la puerta sin atreverse a decir nada. Al día siguiente, Francisco fue al correo de Xlan y mandó una carta al último domicilio que Paloma les había dado, uno que ella les mandó escrito en un papelito años atrás. No sabía si Paloma seguía viviendo ahí, no sabía si la carta llegaría, pero la mandó porque era lo único que podía hacer. La carta nunca tuvo respuesta y Rosario seguía perdiendo peso y el fogón se prendía cada vez más tarde.