Francisco la veía desde su lado de la cama y nunca dijo nada, pero tampoco se dormía hasta que ella terminaba. Los jueves, antes de que saliera el sol, los dos cargaban las cajas de madera con todo lo que habían cosechado y producido durante la semana. Queso fresco que Rosario hacía con sus propias manos, huevos, manojos de cilantro, calabazas, nopales, caminaban hasta donde pasaba la camioneta que los bajaba por el camino de terracería hasta Xlán de Juárez, donde cada semana se armaba el tianguis.
Ahí, entre el bullicio y el olor acopal, Francisco y Rosario acomodaban sus productos en su puesto de siempre, el mismo desde hacía 20 años, junto al Señor que vendía pan de yema y la mujer de los moles. Y ahí, entre esos cerros, entre ese fogón y ese tianguis, creció Paloma. Pero desde chiquita Paloma tenía algo en la mirada que Rosario reconocía y que le daba miedo. Mientras las otras niñas del pueblo jugaban entre los árboles y correteaban a las gallinas, Paloma se sentaba en la piedra grande que estaba en lo alto del cerro detrás de
la casa, y se quedaba mirando el horizonte como si buscara algo que no estaba ahí, como si el mundo que le habían dado no le alcanzara. Rosario la observaba desde la puerta de la cocina. secándose las manos con el mandil y sentía en el pecho algo que no sabía cómo explicar. Esa niña se iba a ir, no sabía cuándo, no sabía cómo, pero lo sabía. Paloma cumplió 15 años y ya no hablaba de otra cosa. En la escuela había conocido a una maestra que vivió 2 años en California y que le contaba cómo era la vida allá.
Las calles pavimentadas, los edificios altos, los supermercados donde podías encontrar de todo. Paloma la escuchaba con los ojos abiertos como platos y cada palabra que esa mujer decía era una piedrita más en el camino que Paloma ya estaba construyendo en su cabeza para irse. Francisco lo notaba. Lo notaba en la forma en que Paloma ya no salía a ayudarlo al campo con la misma gana de antes. Lo notaba cuando ella se quedaba callada en la cena, mirando un punto fijo en la pared, como si ya no estuviera ahí.
Una noche, mientras los dos limpiaban los surcos de la milpa, Paloma se lo dijo sin rodeos. Papá, cuando cumpla 18 me voy a ir a Estados Unidos. Francisco clavó la pala en la tierra y se quedó quieto. No la volteó a ver. solo dijo, “¿Y qué tiene de malo esta tierra?” Paloma no supo que contestar, no porque no tuviera respuesta, sino porque no quería lastimarlo. Se quedaron en silencio el resto de la tarde, trabajando uno al lado del otro sin decirse nada, con el peso de esas palabras colgando entre los dos como una nube negra.
Esa noche, Rosario escuchó a Francisco dar vueltas en la cama. Ella no dijo nada. Pero al día siguiente fue al cuarto donde guardaban las cobijas viejas, movió una tabla suelta del piso y sacó un bote de lata que Francisco no sabía que existía. Adentro había billetes doblados, monedas, todo lo que Rosario había ido guardando durante años, cada peso que sobraba de la venta en el tianguis, cada moneda que encontraba entre la ropa cuando lavaba, cada centavo que le pagaban las vecinas cuando les ayudaba a abordar manteles para las fiestas del pueblo.