Había una mujer loca que siempre le decía a Clara que ella era su verdadera madre cada vez que Clara y sus amigos caminaban a casa después de la escuela…

La manta con lunas azules estaba guardada en una caja en su casa. Elaine la había conservado como recuerdo.

Clara retrocedió un paso más.

—No puede ser…

La mujer dejó caer el oso de peluche al suelo.

—Yo me llamo Isabel.

El nombre flotó entre ambas.

Clara no supo cuánto tiempo pasó allí. Finalmente, salió corriendo.

Cuando llegó a casa, estaba pálida.

Esa noche, por primera vez, Clara les contó todo a Mark y Elaine.

Al principio, la negación fue inmediata.

—Es imposible —dijo Mark.

Pero Clara mencionó la manta.

Y el lunar.

Y la hora exacta.

El silencio que siguió fue distinto.

Elaine se levantó lentamente y fue al armario. Sacó la vieja caja de recuerdos. Dentro estaba la manta: blanca, con pequeñas lunas azules bordadas.

—Eso estaba contigo cuando llegaste —susurró Elaine—. Nos dijeron que era lo único que había sobrevivido al incendio.

Mark frunció el ceño.

—¿Qué incendio?

Elaine palideció.

Esa palabra nunca había estado en los documentos oficiales. Pero sí la recordaba. La agencia de adopción había mencionado algo brevemente… y luego cambió de tema.

Durante los días siguientes, Mark hizo llamadas. Muchas llamadas.

Lo que descubrieron desarmó todo lo que creían saber.

El hospital había sufrido un incendio parcial en la maternidad esa noche