Había una mujer loca que siempre le decía a Clara que ella era su verdadera madre cada vez que Clara y sus amigos caminaban a casa después de la escuela…

Sintió una punzada de decepción.

—Sabía que volverías.

La voz sonó detrás de ella.

Clara giró lentamente.

La mujer estaba más cerca de lo que había estado nunca. Sus ojos, aunque cansados y enrojecidos, no parecían perdidos. Parecían… lúcidos.

—No soy peligrosa —dijo la mujer con suavidad—. Solo quiero que sepas la verdad.

Clara tragó saliva.

—¿Qué verdad?

La mujer apretó el oso de peluche contra el pecho.

—Hace doce años… hubo un incendio en el hospital comunitario. Yo… yo acababa de dar a luz. Me dijeron que mi bebé había muerto. Que no había sobrevivido al humo.

La voz se le quebró.

—Pero nunca vi tu cuerpo. Nunca me dejaron despedirme. Y luego… te vi. Años después. En este barrio. Y supe… supe que eras tú.

Clara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Eso no prueba nada —susurró, aunque una parte de ella quería creer.

La mujer asintió.

—Lo sé. Por eso nunca me acerqué más. Hasta que vi el lunar. El pequeño lunar detrás de tu oreja izquierda. Igual al mío.

Lentamente, la mujer se apartó el cabello. Y allí, detrás de su oreja, había un lunar idéntico.

Clara dio un paso atrás, temblando.

—Eso… podría ser coincidencia.

—Tal vez —dijo la mujer—. Pero tú naciste a las 3:17 de la madrugada. Lloraste antes de que el médico siquiera te tocara. Y te envolvieron en una manta con pequeñas lunas azules.

El aire desapareció de los pulmones de Clara.

Ese detalle…