“Nada, hijo. Tu esposa está sensible”.
Yo miré a Juan esperando que me defendiera. Él solo suspiró como cansado de mí.
“Juan. Necesito que me digas la verdad”, le solté.
Él apretó la mandíbula.
“No es momento”.
Dora aprovechó.
“¿Ves? Siempre dramatiza”.
Paula nos miraba como si quisiera hablar, pero no se atreviera. Yo sentí que si no preguntaba esa noche, jamás lo haría.
“Me voy”, anuncié.
Juan se alarmó.
“Valeria, no hagas esto”.
Pero yo ya caminaba. En el estacionamiento, el aire frío me despejó. Llamé a mi madre otra vez. Sonó y sonó. Nada. Me subí al auto con las manos temblorosas. Juan salió detrás, abrochándose la chaqueta.
“¿A dónde vas?”
“A buscar a mi mamá”.
“Está bien. Mañana…”
“No”, dije. Y arranqué.
Juan se quedó inmóvil como si acabara de perder el control de algo que daba por seguro.
En el camino, las luces de la ciudad parecían cuchillos. Llegué al departamento de mi madre y toqué. Nada. Toqué otra vez. El vecino abrió apenas la puerta.
“Señorita, su mamá se fue hace rato, pero vino una señora elegante antes”.
Se me paró el corazón.
“¿Una señora elegante?”
“Sí. La vi hablar con ella en la entrada. Su mamá se fue pálida”.
Sentí un vacío en el estómago. Regresé al auto y llamé a Paula. Atendió con voz temblorosa.
“Mi mamá está furiosa, Valeria. Dice que tú estás armando un show”.
“¿Tu mamá fue a buscar a la mía?”
Paula tardó en responder.
“No sé, pero escuché que dijo: ‘Ahora sí firmará’”.
Esa palabra, “firmará”, me dejó fría. Pensé en oficinas, documentos, trampas. Mi madre nunca firmaba nada sin leer, pero también confiaba demasiado en la gente cuando la acorralaban.
Conduje al hotel donde se quedaba mi madre cuando venía a la ciudad. Yo se lo pagaba para que descansara. Al llegar, el recepcionista revisó.
“La señora Silvia subió hace 20 minutos. Se veía muy afectada”.
Corrí al elevador, golpeé la puerta de su habitación.
“Mamá”.
Se escuchó el cerrojo y mi madre abrió. Tenía los ojos rojos, como si hubiera llorado sin permiso.
“Hija”.
Me abrazó fuerte, demasiado fuerte.