Paula bajó la mirada. Respiró hondo y soltó:
“El asunto del rancho y del dinero que tu mamá les debe”.
Sentí un golpe en el pecho.
“¿De qué estás hablando?”, insistí.
Pero Paula retrocedió como arrepentida.
“No debí decir nada”, murmuró.
En ese instante vi a Dora cruzar el salón hacia nosotras con pasos rápidos y supe que venía por mí. Dora llegó con una sonrisa rígida.
“¿Interrumpí algo?”, preguntó, pero sus ojos clavados en Paula decían otra cosa.
Paula se encogió. Yo di un paso al frente.
“Usted habló de un rancho y de un dinero. Explíqueme”.
Dora soltó una risita corta.
“Ay, Valeria, son cosas de adultos. Mejor disfruta la fiesta”.
Y me tomó del brazo con fuerza disimulada. Me safé despacio para no armar escándalo.
“No me toque”, dije bajo.
Dora parpadeó, ofendida.
“Mira nada más, ya te crees fina”.
Juan apareció justo entonces.
“¿Qué pasa aquí?”
Dora cambió el tono al instante.