“Esto confirma riesgo”, dijo.
Ramírez también lo vio y propuso vigilancia temporal. Juan se puso pálido.
“Es Ernesto”.
Mi madre se persignó. Yo respiré hondo.
“Que amenace. Ya no estamos solos”.
Pero por dentro, el miedo mordía.
Al amanecer tomamos carretera. El paisaje cambiaba, pero mi cabeza seguía en el mismo punto: Dora riendo, mi madre en silencio, Juan mintiendo.
En una gasolinera, Juan se acercó a mi madre.
“Señora Silvia, perdóneme”.
Mi madre lo miró con ternura triste.
“Yo te perdono, Juan, pero no te justifico”.
Juan tragó saliva.
“Lo merezco”.
Yo los vi y pensé que el perdón no siempre vuelve a unir.
Llegamos a Monterrey y Alejandra nos guió a una dirección ligada a los depósitos. Era un edificio viejo de oficinas. Preguntamos por J. La recepcionista nos miró raro.
“Aquí viene un señor Julián, pero no recibe visitas”.
Mi corazón se aceleró.
“Dígale que Silvia Mendoza pregunta por él”.
La mujer dudó, luego llamó. Esperamos. Juan apretaba un papel con nervios. Mi madre respiraba como si volviera a un lugar que juró olvidar.
Un hombre salió de un pasillo. Tenía el pelo canoso y la mirada alerta. Al ver a mi madre, se quedó inmóvil.
“Silvia”, murmuró como si dijera un fantasma.
Mi madre dio un paso.
“Julián”.
Yo sentí un nudo en la garganta. Él nos miró uno por uno y se fijó en Juan. Su mirada se endureció.
“¿Por qué lo trajiste?”