h1 30 minutos antes del “sí, quiero”, mi suegra se reía de mi madre… “¡Díganle que se bañe!” Nadie sabía que mi madre era la…

Lo miré fijo.

“Me dañaste tú”.

Juan bajó la mirada.

“Y por eso estoy aquí”.

Revisamos los estados. Había transferencias a una cuenta con iniciales de Dora y otra con nombre de empresa fantasma. Alejandra señaló un patrón.

“El dinero salía del préstamo, entraba a la cuenta de Dora y luego se movía a una empresa vinculada a Ernesto”.

Juan se cubrió la boca.

“Entonces él sí robó”.

Mi madre susurró:

“Y me usaron a mí como cortina”.

Sentí una rabia limpia. Ahora sabía contra quién.

Alejandra levantó otra hoja.

“Hay un pago recurrente de apoyo a alguien en otra ciudad: Monterrey”.

Juan frunció el ceño.

“Mi mamá decía que era para un primo enfermo”.

Alejandra negó.

“No hay primo. Hay un beneficiario con nombre incompleto: Jr.”

Mi madre se puso rígida.

“Julián Rojas”.

El aire se detuvo.

Alejandra dijo:

“Si es él, lo han mantenido lejos o comprado”.

Decidimos viajar a Monterrey al día siguiente. No era una aventura, era un salto al vacío. Mi madre dudó.

“Tengo miedo, hija”.

Yo la abracé.

“Yo también, pero ya no vamos a agacharnos”.

Juan quiso ir. Alejandra lo pensó.

“Puede servir o complicarlo”.

Yo lo miré.

“Vienes, pero sin exigir nada”.

Juan asintió como quien acepta una condena.

Salimos con un plan y el pecho apretado. En la noche recibí un mensaje desde un número desconocido: “Deja el rancho. Si sigues, tu madre pagará”.

Se me heló la sangre. Le mostré a Alejandra.