“Eso ya no es solo fraude. Eso es un caso más grande”.
Sentí escalofríos.
“¿Crees que Ernesto le hizo algo?”, pregunté.
Mi madre no respondió directo.
“Solo sé que Dora cambió desde entonces. Se volvió más dura, más paranoica, como quien guarda un secreto pesado”.
En mi cabeza, la risa de Dora en la boda se transformó en otra cosa: una máscara.
Tomé aire.
“Necesitamos saber si Julián está vivo”.
Mi madre me miró.
“Y si lo está, quizá quiera hablar”.
Alejandra nos citó temprano en su oficina.
“Conseguí acceso a un expediente antiguo del incendio”, dijo dejando una carpeta sobre la mesa. “Fue archivado por falta de pruebas”.
Yo apreté los dientes.
“Claro”.
Ella pasó páginas.
“Mira esto. Hubo un testigo que declaró haber visto a un hombre salir del rancho esa noche. No era Ernesto”.
Mi madre se puso pálida.
“Julián”.
Alejandra asintió.
“Y hay una nota: posible fuga por amenazas”.
Juan apareció sin avisar. Llegó con ojeras y una bolsa con documentos.
“Traje todo lo que encontré”, dijo.
Yo no sabía si odiarlo o compadecerlo. Alejandra fue directa.
“Esto no te exime, Juan, pero puede ayudar a desarmar a tu madre”.
Juan asintió.
“Lo sé. Solo no quiero que dañen a Valeria”.