Juan se limpiaba las lágrimas.
“Yo puedo cambiar”.
Mi madre respondió:
“Cambiar es demostrar, no prometer”.
Yo sentí un nudo. Juan me miró suplicante.
“Valeria…”
Yo lo interrumpí.
“Ahora no. Necesito aire, necesito silencio”.
Y me subí al auto con mi madre.
Esa noche, en mi casa, vi cada rincón con otros ojos: los muebles, las fotos, el anillo en mi mano. Todo tenía una sombra detrás. Juan me escribió muchas veces. No respondí.
Me senté con mi madre y abrimos una caja que ella había traído del pueblo.
“Aquí guardé lo que me dio fuerza”, dijo.
Dentro había cartas, recibos y una foto vieja del rancho. Al verla, mi madre susurró:
“Ahí empezó todo y ahí terminará”.
En la foto, junto al granero, aparecía una joven Dora abrazada a Ernesto y, al lado, un hombre que yo nunca había visto. Mi madre señaló su rostro.
“Ese es el verdadero dueño del rancho”.
Me quedé helada.
“¿Quién es?”
Mi madre tragó saliva.
“El hermano de Ernesto, el que desapareció después del incendio”.
Sentí que el corazón se me subía a la garganta, porque si ese hombre seguía vivo, todo podía volverse aún más peligroso. Me quedé mirando la foto como si fuera una puerta.
“¿Desapareció?”, repetí.
Mi madre asintió.
“Se llamaba Julián. Era el que sabía de cuentas, de terrenos, de trampas. Una semana después del incendio, nadie lo volvió a ver”.
Alejandra, por llamada, escuchó y se quedó en silencio. Luego dijo: