Ramírez anotó algo en su libreta.
“Esto cambia el panorama”, dijo serio.
Dora se adelantó.
“No, eso fue por necesidad, por la casa”.
Alejandra la miró fría.
“La necesidad no autoriza la falsificación”.
Ernesto quiso intervenir, pero Ramírez lo detuvo con una mirada.
Juan se arrodilló frente a mí, sin dignidad.
“Ya, perdóname”.
Yo di un paso atrás.
“No me pidas perdón. Dime, ¿dónde está ese documento?”
Juan señaló un cajón del mueble de Dora.
“Ahí”.
Dora se lanzó para cerrarlo, pero Ramírez se adelantó y lo abrió. Sacó una carpeta roja. Alejandra la revisó y encontró un contrato con mi nombre y una firma que imitaba la mía. Sentí ganas de vomitar.
“Con esto podían culparme a mí”, susurré.
Dora dijo entre dientes:
“Era para proteger a mi hijo”.
Yo respondí:
“No. Era para protegerte a ti”.
Mi madre me abrazó por detrás.
“Respira, hija”.