“¿Qué sabe?”
Juan tragó saliva.
“Que firmé algo que no debí firmar, algo que me hace cómplice”.
Sentí un frío en la nuca.
Llegamos al auto donde mi madre esperaba. Al ver la cara de Juan, ella entendió.
“¿Qué pasó?”, preguntó suave.
Juan no pudo mirarla. Alejandra, por teléfono, dijo que llegaba en diez minutos. Yo le conté lo justo. Mi madre apretó el rosario que llevaba en el bolso.
“Ernesto siempre fue así”, murmuró. “Cuando quería tapar algo, se ponía feroz”.
Yo la miré.
“¿Qué tapa, mamá?”
Mi madre cerró los ojos un segundo.
“El incendio del rancho”.
Yo me quedé rígida.
“¿No fue un accidente?”
Mi madre negó.
“Esa noche vi a Ernesto salir del granero con las manos manchadas. Y al día siguiente el préstamo apareció como necesidad urgente”.
Juan levantó la cabeza, shockeado.
“¿Estás diciendo que él…?”
Mi madre no terminó la frase.
“Solo digo lo que vi”.