“No van a llevarse nada”.
Yo señalé la carpeta bajo su brazo.
“Eso es evidencia”.
Ernesto sonrió.
“Evidencia de que tu madre es culpable”.
Dora añadió:
“Y de que tú te metiste donde no debes”.
Juan respiró fuerte.
“Ernesto, dame la carpeta”.
Ernesto se inclinó hacia él.
“Hazlo y te hundo conmigo”.
Esa frase dejó el aire sin oxígeno. Juan se quedó congelado. Dora aprovechó para susurrarle:
“Hijo, piénsalo. Tu vida, tu nombre, tu casa”.
Yo escuché y entendí. Lo tenían amarrado por el miedo.
Tomé la iniciativa.
“Juan, ven”.
Lo jalé hacia la puerta. Dora se lanzó.
“No te lo lleves”.
Ernesto no se movió, pero su sonrisa era de cuchillo.
Bajamos las escaleras rápido. Juan temblaba.
“Valeria, si esto explota, mi mamá se muere”.
“No se muere por la verdad”, respondí. “Se muere su control”.
Juan se cubrió la cara.
“No entiendes lo que Ernesto sabe de mí”.
Me detuve.