Juan por fin habló, ronco.
“Papá, basta”.
Ese “papá” me atravesó. Ernesto no era su padre biológico, pero Juan lo decía como si le debiera la vida. Ernesto clavó la mirada en Juan.
“Ahora me desafías por ella”.
Juan apretó los dientes.
“Por la verdad”.
Dora intervino rápido.
“La verdad es que Silvia nos robó”.
Sentí rabia.
“Si mi madre robó, ¿por qué el rancho está a nombre de Juan?”
Ernesto se tensó apenas.
Dora respondió:
“Porque así se protege la familia”.
Y esa palabra volvió a sonar como amenaza.
Saqué el celular y marqué a Alejandra. Dora se abalanzó para quitármelo, pero Juan la detuvo.
“Mamá, ya”.
Dora lo miró como si no lo reconociera. Ernesto dio un paso atrás, calculando.
Yo hablé rápido.
“Estamos en casa de Dora. Necesitamos apoyo. Hay documentos retenidos”.
Alejandra respondió:
“No se queden solos. Salgan ya. Voy con un oficial conocido”.
Colgué y miré a Juan.
“Nos vamos”.
Ernesto se cruzó de brazos.