Dora alzó la voz.
“No me contradigas”.
Por primera vez, Juan no bajó la cabeza.
“Necesito saber”.
Dora sonrió de lado.
“Necesitas obedecer”.
Esa palabra me dio escalofríos, porque también me la había dicho a mí.
Aproveché el momento.
“¿Por qué el rancho está a nombre de Juan?”, pregunté.
Dora me miró con desprecio.
“Porque mi hijo merece más que una suegra campesina”.
Juan apretó los dientes.
“Mamá, basta”.
Dora lo ignoró y se acercó a mí.
“Tú solo eres un adorno, Valeria. Si te vas, se consigue otra”.
Sentí el corazón arder, pero me sostuve.
“Entonces, no le importará perderme”.
Dora se quedó un segundo sin palabras. Luego soltó:
“No te vas a ir. No sin saber lo que tu madre hizo”.
Juan levantó la vista.
“¿Qué hizo?”
Dora tomó una hoja y la agitó.
“Una confesión está lista. Solo falta su firma”.
Yo dije: