Yo solté el aire.
“Entonces, ¿quién?”
Alejandra dijo:
“Juan”.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
“¿Qué?”
Juan se quedó inmóvil como si lo hubieran acusado de un crimen sin aviso.
“Eso no puede ser”, murmuró.
Alejandra mostró la pantalla.
“Figura a su nombre desde hace dos años”.
Miré a Juan buscando una explicación humana. No la encontré.
“¿Me lo ocultaste?”, pregunté.
Juan balbuceó:
“Yo… yo no sabía que quedó así”.
Pero sus ojos mentían. Mi madre se llevó la mano a la boca, conteniendo el llanto.
“Hija”, susurró.
Yo la abracé un segundo y luego me separé, temblando de rabia.
“Juan, mírame y dime si alguna vez pensaste decírmelo”.
Él tragó saliva.
“Valeria, yo iba a…”
“¿Cuándo? ¿Cuando tu mamá se cansara de humillarnos?”
Alejandra intervino.
“Esto parece una maniobra para controlar el bien y forzar una renuncia”.