“Juan”, dije en voz baja, “mírame”.
Él lo hizo y vi miedo real.
“Yo… yo firmé unos papeles cuando mi papá estaba enfermo”, confesó.
Sentí un golpe en el estómago.
“¿Firmaste qué, Juan?”
Tragó saliva.
“Mi mamá dijo que era para salvar la casa, que era un trámite”.
Alejandra se apoyó en el escritorio.
“Firmar sin leer también es decidir, Juan”.
Mi madre lo miró con tristeza.
“Tu mamá te puso a firmar contra mí”.
Juan negó rápido.
“No sabía que era contra usted. Solo confié”.
Yo apreté los puños.
“¿Y ahora sigues confiando?”
Juan bajó la cabeza.
Alejandra abrió una carpeta.
“Necesito un dato. ¿Quién es el titular actual del rancho?”
Mi madre respondió:
“Hay dos versiones, una en el registro viejo y otra en la ciudad”.
Alejandra tecleó y llamó a un colega del registro público.
“Dame el folio del rancho San Isidro”, pidió.
Esperamos con el corazón en la garganta. Juan sudaba. Mi madre respiraba lento, como quien se prepara para un golpe.
Alejandra colgó y nos miró fijo.
“El titular actual no es Dora ni su esposo”.