—Ya está.
Firmé con una letra firme que no sentía en la garganta.
Salí del juzgado con un folder en la mano y el apellido todavía pegado como una costra, aunque legalmente ya todo hubiera terminado. Caminé hasta un parque, me senté y pensé: cuarenta años resumidos en unos papeles timbrados. Así de fríos se vuelven los incendios cuando los toca la burocracia.
Esa noche, al llegar a casa, encontré flores en la puerta. Pensé que eran de Jorge. Sentí rechazo antes de leer la tarjeta. Era de Ana, de Lucas y de mis nietos.
“Para la mujer más valiente de nuestra familia.”
Lloré. Pero esta vez de algo más limpio.
Un año después de la mañana de los bombones, yo era otra.
Había convertido el estudio de Jorge en mi taller. Las paredes estaban llenas de fotografías: vendedores de flores, ancianas en mercados, niños corriendo entre puestos, rostros mexicanos cargados de historia. Mis cuadros empezaban a venderse modestamente en exposiciones locales. Ya no preparaba café para nadie más que para mí. Y descubrí que eso, que parecía tan poca cosa, era una forma íntima de libertad.
Fue en una exposición de fotografía, en la Casa de la Cultura de San Ángel, donde conocí a Roberto.
Era profesor jubilado de historia, viudo, con esa clase de mirada que no invade, acompaña. Se detuvo frente a una de mis fotos: una señora vendiendo cempasúchil, sentada con una dignidad enorme bajo un toldo naranja.
—Lo que más me gusta —dijo a mi lado— es que no parece una señora vendiendo flores. Parece una reina descansando entre coronas.
Lo miré. Sonreí.
—Es exactamente lo que quise retratar.
Hablamos de fotografía. Luego de historia. Luego de libros. Después de café. Después de una película. Después de una caminata. Después de un concierto. Nadie decidió nada. Solo fuimos cayendo, con la serenidad que da la edad, en una compañía que no exigía disfraces.
Roberto no quería salvarme. Y quizá por eso me hizo tanto bien.
No me hablaba como a una mujer rota, ni como a una heroína. Me hablaba como a Elena. Con curiosidad, con respeto, con alegría. Veía mis fotos de verdad. Recordaba qué vino me gustaba. Me preguntaba por mi taller. Se reía de mis chistes malos. Me ofrecía el brazo al cruzar la calle sin hacerme sentir vieja.
La primera vez que me besó fue después de un concierto de boleros. Lloviznaba. Teníamos sesenta y tantos años entre los dos y, sin embargo, yo sentí mariposas tan absurdas como a los dieciocho.
Me reí.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Que la vida tiene un sentido del humor muy raro.
Él me tomó la cara entre las manos.
—Bendito sea.
Cuando les hablé de él a mis hijos, reaccionaron como reaccionan los hijos cuando descubren que la madre todavía es mujer: con sorpresa, protección y un poquito de escándalo.
—¿Ya sales con alguien? —preguntó Lucas.