Soltó una risa triste.
—Al principio por deseo. Luego por miedo. Después por costumbre. Y cuando nació Luisa, por una mezcla de todo eso.
—Qué historia tan romántica.
—No lo fue —respondió—. Nunca lo fue. Tú eras la esposa. La verdadera. La de la casa, los hijos, los nietos, los recuerdos. Yo era la otra. Incluso cuando fingía que no.
Su sinceridad me desarmó un poco, y eso me molestó. No quería encontrar humanidad en la mujer que había compartido a mi marido. Pero ahí estaba, incómoda, real, igual de atrapada —aunque no igual de inocente— en el pantano de Jorge.
—¿Y ahora qué quieres? —pregunté.
—No lo sé. Jorge cree que todo podría volverse normal ahora que lo sabes, pero nada es normal. Luisa está confundida. Yo estoy cansada. Él… él siempre quiso tener dos mundos y ahora se le están cayendo ambos encima.
No sentí pena. Todavía no. Pero sí una claridad inesperada.
—Yo no voy a volver con él.
—Lo imaginé.
—Y tú deberías preguntarte si de verdad quieres quedarte con un hombre que necesitó quince años de mentira para sostenerte a su lado.
Me miró en silencio.
—Tal vez ninguna de las dos lo tuvo realmente —dijo.
No respondí. Porque había algo de verdad en esa frase, y la verdad, viniendo de ella, me supo amarga.
Nos despedimos sin cordialidad, pero sin guerra. No éramos aliadas. No seríamos amigas. Éramos, apenas, dos mujeres marcadas por el mismo hombre de formas distintas.
Los meses siguientes me enseñaron que el dolor no se va; cambia de habitación.
Hubo mañanas en las que desperté furiosa. Otras, vacía. Otras, extrañándolo de maneras absurdas: su forma de reírse de ciertos comerciales, el ruido de sus llaves, su manía de pelar mangos para todos menos para sí mismo. El amor no desaparece el mismo día que nace el odio. A veces conviven, se empujan, se contaminan.
Pero también hubo descubrimientos.
Volví a pintar. No tocaba un pincel desde que Ana estaba en la primaria. Compré acrílicos, lienzos, pinceles nuevos. El primer cuadro fue horrible. El segundo, menos. El tercero ya tenía algo mío. Empecé a ir a un taller de fotografía en Coyoacán. Me integré a un club de lectura al que Marisa me arrastró casi a la fuerza. Salí a caminar sola. Me compré aretes sin pensar si a Jorge le parecerían excesivos. Cambié las cortinas del departamento. Saqué el sofá café que él adoraba y lo remplacé por uno azul profundo que llenó la sala de una alegría que yo no sabía que extrañaba.
Mis hijos también tuvieron que reorganizarse por dentro.
Ana, que siempre fue más conciliadora, mantuvo contacto limitado con su padre. Lucas dejó de hablarle durante meses. Los dos estaban particularmente heridos por la existencia de Luisa.
—Tengo una hermana de catorce años —repetía Ana a veces, como quien intenta acostumbrarse a una palabra nueva—. Una hermana.
—No te obligues a sentir nada rápido —le decía yo—. Ni amor. Ni rechazo. Solo deja que el tiempo ponga nombre a lo que venga.
Un domingo, Ana vino a verme después de encontrarse por primera vez con Luisa. Se sentó en mi cocina con una taza de té y se quedó mirando la ventana.
—Es tímida —dijo—. Y tiene los mismos ojos de papá.
Algo en mi pecho se tensó y luego cedió.
—¿Te cayó bien?
—Sí. Me dio coraje que me cayera bien.
La entendí. El corazón humano es un cuarto desordenado donde la ternura y el resentimiento se sientan a la misma mesa.
El divorcio tardó seis meses. Jorge no peleó nada. Cedió el departamento, una parte importante de sus inversiones, su fondo de retiro dividido conforme marcaba la ley. No sé si por culpa, por agotamiento o porque ya no tenía fuerzas para sostener dos frentes. Tal vez las tres.
El día de la firma, Marisa me apretó la mano.