—No salgo como si tuviera diecisiete —respondí—. Pero sí, estoy conociendo a alguien.
Ana quiso saber si era amable. Lucas quiso saber si tenía deudas. Yo quise aventarles una servilleta a la cara. Al final lo conocieron en una comida de domingo y salió victorioso. Mis nietos lo adoraron de inmediato porque llevaba caramelos de menta en el saco y sabía contar historias de emperadores aztecas como si fueran partidos de fútbol.
Unas semanas después, Lucas finalmente conoció a Luisa. Volvió a casa extrañamente callado.
—Se parece al abuelo —dijo después de un rato, refiriéndose a mi padre—. En la sonrisa.
No supe qué contestar. A veces la sangre inventa caminos que ninguna moral hubiera elegido.
Jorge, mientras tanto, parecía desmoronarse lentamente. Mis hijos me contaban que seguía con Claudia, pero que nada estaba bien. Ahora que el secreto había muerto, la relación parecía haberse quedado sin su combustible principal. Ya no era el amor clandestino contra el mundo. Era un hombre envejecido frente a las ruinas de sus decisiones.
No me alegraba. Tampoco me dolía como antes. Se había vuelto algo más distante: una consecuencia.
Dos meses después de que Roberto y yo formalizamos lo nuestro —aunque a nuestra edad formalizar solo significa empezar a dejar un cepillo de dientes en la casa del otro—, Lucas me llamó de madrugada.
—Mamá, ven al hospital. Papá tuvo un infarto.
Todo mi cuerpo reaccionó antes que mi razón.
Llegué y encontré a Ana en la sala de espera con los ojos hinchados. Lucas caminaba de un lado a otro. Un médico nos dijo que había sido un aviso serio, pero que estaba estable. Nos sentamos en silencio, la clase de silencio que comparten quienes, pese a todo, siguen siendo familia de alguien.
Entonces entraron Claudia y Luisa.
La niña ya no era abstracta. Estaba ahí. Alta, flaca, con unos ojos oscuros idénticos a los de Jorge cuando joven. Se detuvo al vernos. Ana fue la primera en acercarse y abrazarla torpemente. Lucas tardó más, pero no se movió de la silla con hostilidad. Solo con desconcierto.
Claudia se acercó a mí con una prudencia nueva.
—Elena.
Asentí.
—Claudia.
Miré a Luisa.
—Tú debes ser Luisa.
—Sí, señora.
—No me digas señora. Me haces sentir de ochenta.
Eso la hizo sonreír. Y, para mi sorpresa, a mí también.
Pasamos a verlo por turnos. Cuando me tocó entrar, Jorge estaba pálido, conectado a monitores, con la fragilidad de los hombres que por primera vez entienden que no son eternos.
Me vio y sus ojos se humedecieron.
—Viniste.
—Claro que vine.
Me acerqué a la cama. Ya no había odio. Tampoco amor. Había historia. Y la historia, aunque se rompa, deja una forma de lealtad distinta, más sobria, más limitada, pero real.
—Pensé que me moría —dijo.
—No seas dramático. Apenas te dio tiempo de asustarnos.
Sonrió débilmente.
—Cuando creí que me iba… pensé en nosotros. En cuando éramos jóvenes. En los domingos con los niños. En el parque. En tu vestido amarillo. En la casa de Iztacalco donde empezó todo.
Sentí una punzada de nostalgia tan pura que me enojó. Porque incluso los recuerdos más lindos habían quedado contaminados por el hombre en que se convirtió.
—Yo arruiné todo —murmuró—. Lo sé.
No le dije que sí. Tampoco que no. Ya no tenía sentido repartir sentencias a esas alturas.
—Tienes que vivir para hacer algo mejor con lo que te queda —respondí—. Sobre todo por Luisa. Y por tus hijos. Ya hiciste suficiente desastre.
Asintió. Cerró los ojos un momento.
—¿Eres feliz?
No esperaba esa pregunta.
Pensé en Roberto. En mi taller. En el departamento azul. En las risas con mis nietos. En mis fotografías. En el dolor que todavía a veces llegaba, pero ya no gobernaba.
—Sí —dije—. Más de lo que creí posible.
Una lágrima le resbaló hacia la oreja.
—Me alegra… aunque me duela.
—Hay dolores merecidos, Jorge.
No volvió a hablar. Le acomodé la cobija por pura costumbre y salí.
En el pasillo, Claudia estaba mirando por la ventana.
—Va a estar bien —le dije.
Ella suspiró.
—Gracias por entrar.
—Lo hice por mí también.
Nos quedamos calladas.
—Luisa te cayó bien —dijo al fin.
—Es una buena niña.