Seguramente muerto.
La jueza ya iba a ordenar el arresto cuando todo estalló.
Vicente empujó al abogado que tenía al lado y se lanzó contra Clara.
No contra Mateo.
Contra Clara.
Contra el bebé.
Fue tan rápido que varios tardaron en entenderlo.
Quería a Leo.
O quería usarlo para salir.
Mateo rugió.
Aun esposado, se arrojó de costado y le metió el hombro en el abdomen a Vicente antes de que alcanzara a tocar al niño. Ambos cayeron contra la mesa lateral. La laptop voló al piso. Clara gritó y se pegó al muro abrazando a su hijo.
Los custodios corrieron.
Vicente sacó ahora sí algo del bolsillo.
No era un teléfono.
Era una pequeña pistola de bolsillo.
La sala explotó en pánico.
Un disparo reventó el aire.
La bala se incrustó en la madera del estrado.
La jueza se agachó.
Gente gritando.
Sillas cayendo.
Periodistas tirándose al suelo.
Y Mateo encima de Vicente, trabándole la muñeca con las esposas como si le fuera la vida en ello.
Porque le iba.
—¡Suéltala! —bramó Vicente, fuera de sí.
—¡Nunca! —escupió Mateo.
Hubo un segundo brutal.
Un forcejeo.
Otro disparo.
Esta vez el cuerpo que se sacudió no fue el de Mateo.
Fue el de Vicente.
Se quedó quieto.
Con los ojos abiertos.
Sorprendido.
Como si no pudiera creer que el final no obedeciera sus planes.
Detrás de él estaba la agente de seguridad de la puerta, con el arma reglamentaria aún levantada y las manos temblándole.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Hasta que Leo rompió el silencio con un llanto agudo, limpio, vivo.
Ese llanto devolvió el mundo.