Fue condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. Antes de ser llevado a prisión, pidió tener a su hijo recién nacido en brazos por tan solo un minuto. Pero lo que hizo mientras sostenía al bebé dejó atónito a todo el tribunal y a un multimillonario.

Pero ya no era la sonrisa segura de antes.

Era algo roto.

Desesperado.

—¿Y van a basar todo en una memoria plantada? —escupió—. ¿En un video que cualquiera puede editar?

Entonces sonó una tercera voz en el audio siguiente.

Una voz masculina.

Temblorosa.

—Si están oyendo esto, es porque probablemente ya estoy muerto.

Nadie se movió.

—Mi nombre es Tomás Vera. Soy chofer personal de Vicente Aranda desde hace nueve años. Grabé esto porque vi cómo mandó matar al señor Enríquez y cómo ordenó culpar a Mateo Santos. También vi cómo sobornó al inspector Ledesma y al testigo Cifuentes. Si algo me pasa, busquen la libreta roja del departamento de servicio en la casa de Valle Escondido. Ahí están las fechas, montos y nombres.

Clara abrió los ojos con violencia.

—Tomás… —susurró.

Mateo giró hacia ella.

—¿Lo conoces?

Clara tardó en responder.

Demasiado.

—Era… era el chofer que me siguió dos veces cuando fui al hospital en mis últimos meses de embarazo.

Mateo sintió un latigazo frío en el pecho.

—¿Y nunca me dijiste?

—Pensé que estaba paranoica. Pensé que era por el juicio. Mateo, te juro que pensé que era mi miedo.

Vicente soltó una risa corta, fea.

—Sí. El pobre Tomás. Un idiota sentimental.

—¿Dónde está? —preguntó la jueza.

Vicente no respondió.

No hizo falta.

La expresión de su cara lo dijo todo.

Muerto.