Los custodios redujeron a Bruno Salvatierra, que acababa de aparecer en la entrada lateral y había intentado huir al escuchar los disparos.
El fiscal ordenó detenciones inmediatas.
La jueza suspendió la audiencia.
Y Mateo, todavía en el suelo, con el traje manchado, los labios partidos y la respiración deshecha, solo miraba a Clara y al bebé.
Como si todavía no se atreviera a creer que seguían ahí.
Como si todavía no supiera si estaba despierto.
—
Tres días después, la noticia había devorado al país.
El caso del inocente condenado a perpetua.
El magnate corrupto.
La memoria escondida en la manta de un recién nacido.
Pero la verdad completa tardó un poco más en salir.
Tomás Vera no había muerto el mismo día.
Había aguantado dos semanas escondido.
Dos semanas grabando archivos, copiando documentos y reuniendo lo que podía mientras veía cómo cerraban el cerco sobre Mateo.
El día antes del veredicto logró acercarse a Clara afuera del hospital.
No se atrevió a hablarle de frente.
Solo se cruzó con una enfermera de limpieza, una mujer mayor llamada Amalia, y le suplicó que cosiera la memoria en la manta azul del bebé.
—Solo llegará a sus brazos si el juez le permite tocar al niño —le había dicho.
—¿Y si no se lo permiten?
—Entonces nadie sabrá la verdad.
Amalia aceptó llorando.
A la mañana siguiente dejó la manta en la sala de maternidad como si fuera una más entre tantas.
Horas después, Tomás apareció muerto dentro de un coche incendiado en las afueras de la ciudad.
Vicente creyó haber enterrado la última amenaza.
No contó con que un hombre condenado, al cargar a su hijo por un minuto, notaría hasta la más mínima costura extra.
Porque un padre sí sabe cuándo algo toca a su bebé donde no debería.
La libreta roja apareció en la casa de Valle Escondido.
Con nombres.