Porque no había respuesta.
—Cuando alguien crece así… —añadió—… aprende a quedarse callado.
Sus palabras no eran queja.
Eran… costumbre.
Y eso…
fue lo que más me dolió.
Lo ayudé a secarse.
En silencio.
Como siempre.
Pero ya no era el mismo silencio.
Era otro.
Más consciente.
Más pesado.
Cuando terminé, lo ayudé a volver a la cama.
Antes de salir, me detuve en la puerta.
—Ya no voy a hacer como que no sé —dije.
No lo miré.
No hacía falta.
—Ni contigo… ni con él.
Silencio.
—Ya no puedo.
Y por primera vez en mucho tiempo…