Desde que él enfermó, la casa dejó de sentirse igual.
Se volvió rutina.
Peso.
Silencio.
Mi suegra se fue apagando poco a poco.
Mi esposo vivía en carretera.
Y yo…
me quedé.
Cuidándolo todo.
Tres años de casada.
Tres años sosteniendo a alguien que ya no podía sostenerse solo.
Comida.
Medicinas.
Pañales.
Cambios de ropa.
Cada día igual.
Cada día más pesado.
Y aun así…
yo no me quejaba.
Porque le tenía cariño.
Mi cuñado siempre fue un hombre callado.
Serio.
De esos que observan más de lo que hablan.