Era ruido.
—¿Y tu mamá?
—También sabía.
El aire se volvió más frío.
Más difícil.
—Entonces… todos sabían.
—Sí.
Y nadie dijo nada.
Esa parte no la dijo.
Pero estaba ahí.
Flotando.
Entre nosotros.
Entre las paredes.
Entre los años.
—¿Y ahora?
Tardó en responder.
—Ahora ya no importa.
Lo dijo sin rabia.
Sin dolor.
Como alguien que ya se cansó de esperar que algo cambie.
—Claro que importa —dije.
Él negó.
—No para mí.
Silencio.
—Ya pasó.
Lo miré.
—Pero sigue aquí.
Señalé su espalda.
—No se fue.
No respondió.
Porque no podía.
Porque sabía que tenía razón.
—¿Tu hermano… por eso no quería que entrara?
Él no habló.
Pero esta vez…
no necesitaba hacerlo.