Pero conmigo…
era distinto.
Más suave.
Más atento.
Como si en su mirada hubiera algo que nunca terminaba de decir.
Algo que siempre estuvo ahí.
Desde el principio.
Algo que yo no entendía.
O no quise entender.
Mi esposo, en cambio…
era diferente.
Cada vez que salía de viaje, repetía lo mismo.
—No entres mucho al cuarto de mi hermano.
—Llama a mamá si necesitas algo.
—No tienes que hacerlo todo tú.
No lo decía como consejo.
Lo decía como advertencia.
Y nunca explicó por qué.
Esa tarde, la lluvia caía fuerte sobre Guadalajara.
La casa estaba en silencio.
Mi suegra salió.
Mi esposo estaba en ruta.
Solo quedábamos nosotros.
Cuando llegó la hora de bañarlo, él se tensó.
—Mejor mañana… —murmuró—. Hoy no.
Sonreí.
Intentando tranquilizarlo.
—Hace calor… si no lo baño, se va a sentir peor.