Anoté en una página en blanco de mi libreta de ule negro los pasos a seguir. El desalojo era un proceso legal que tomaba 30 días, pero yo no me iba a quedar sentada en mi cuarto del fondo esperando a que él hiciera las maletas por voluntad propia. Conocía perfectamente a los hombres como mi yerno, hombres de ego frágil y voz alta. Su primera reacción al leer el papel seguramente fue la negación. Luego vendría la ira. Después intentaría usar a mi hija Lorena y a mis nietos como escudos humanos para hacerme sentir la peor madre del mundo. Yo tenía que estar tres pasos adelante.
Mi primer movimiento estratégico estaba claro: cortar sus fuentes de comodidad. Fausto se sentía el rey de la casa porque tenía televisión por cable con el paquete de deportes premium para ver sus partidos de fútbol los fines de semana y porque disfrutaba de internet de alta velocidad para jugar en su teléfono. Todo eso, por supuesto, estaba a mi nombre. Él solo me daba unos billetes arrugados a fin de mes para que yo fuera a pagar las facturas, haciéndome sentir que me estaba haciendo un favor.
Escribí en la libreta con letra firme: “Lunes, 8 de la mañana. Oficina de telecomunicaciones”. Iba a cancelar absolutamente todos los servicios adicionales. Dejaría solo la línea telefónica básica. Quería ver su cara cuando encendiera el televisor enorme que compró a crédito y solo viera una pantalla negra.
Luego pensé en los servicios básicos, el agua y la electricidad. No podía dejarlo sin agua por mis nietos, pero sí podía solicitar a la compañía eléctrica que bajaran la potencia contratada al mínimo indispensable. Adiós a sus largas duchas con agua hirviendo y al aire acondicionado que mantenía encendido todo el día en su habitación mientras yo pasaba calor en el anexo. Iba a reducir su calidad de vida a lo estrictamente necesario. Si quería vivir gratis durante sus últimos 30 días en mi propiedad, iba a vivir bajo mis reglas.
El siguiente punto en mi lista era el más doloroso, pero el más necesario: mi hija Lorena. Pensar en ella me causaba una punzada en el pecho. Recordé cómo agachó la cabeza cuando Fausto me gritó. Recordé el terror en sus ojos. Yo misma tuve la culpa en parte. Al callar durante estos 10 años para evitar conflictos, al retirarme al fondo del terreno para no estorbar, le enseñé a mi hija que el abuso se tolera en nombre de la paz familiar. Le enseñé que una mujer debe hacerse pequeña para que su marido se sienta grande.
Me tragué el nudo en la garganta y le di otro sorbo al café negro. No podía permitir que la culpa me ablandara. Lorena iba a llorar. Probablemente mañana vendría a buscarme al anexo, suplicándome que retirara la orden de desalojo, diciéndome que Fausto estaba arrepentido, que estaba estresado por la falta de dinero, que los niños necesitaban a su padre bajo el mismo techo. Tenía que preparar mi corazón para ser una roca frente a sus lágrimas. El amor de madre no siempre es dulce como el pastel de tres leches. A veces tiene que ser amargo y fuerte como el café que estaba tomando para despertar a quien está dormido.