Era día de la madre. Mi yerno gritó frente a mis 12 nietos: “Vieja, nadie la invitó. Deje de venir a comer gratis a mi casa.” Todos miraron al piso. Me levanté, besé a cada nieto y saqué un sobre de mi bolso… Cuando lo abrió tembló…

“Mamá, hazle caso a la abuela. Entra”, ordenó Mateo. Su voz no temblaba. Era la voz de un hombre que acababa de decidir que el ciclo de abusos en su casa terminaba hoy.

Lorena, sollozando, asintió y corrió hacia el interior de la casa principal, llevándose a los más pequeños lejos de la escena. Nos quedamos los tres en el patio: Fausto respirando agitado, Mateo con los puños apretados a sus costados y yo sosteniendo mi libreta de ule y mi lata de galletas.

Fausto soltó una carcajada amarga, arreglándose el cuello de la camisa. “Muy bonito. La vieja puso al hijo en contra del padre. Eres una serpiente, Soraida, pero me da igual. Me largo de aquí. Me llevo mi camioneta y ustedes verán cómo se pudren en esta casa vieja sin un hombre que las mantenga”.

Caminó hacia la maleta que había dejado en el suelo, dispuesto a marcharse haciendo el mayor ruido posible, sintiéndose la víctima de una injusticia terrible. Creía que su partida iba a ser su último acto de poder, la amenaza definitiva.

“No tan rápido, Fausto”, dije, abriendo la lata de metal con un ligero chasquido.

Él se detuvo en seco y me miró por encima del hombro con el ceño fruncido.

“El plazo del desalojo termina en dos días”, continué, apoyando la lata sobre la mesa de madera del patio, la misma mesa donde él me había humillado semanas atrás. “Y usted tiene toda la razón. Es hora de que se vaya, pero antes de que cruce ese portón y se suba a su camioneta, tenemos que saldar unas cuentas pendientes. Usted habla mucho de mantener a esta familia, pero creo que su memoria, igual que su hombría, es bastante defectuosa”.

Saqué de la lata de galletas un fajo grueso de papeles rectangulares. Estaban cuidadosamente sujetos con una liga de goma. Los dejé caer sobre la superficie de madera. El sonido seco del papel golpeando la mesa pareció resonar en todo el patio.

“¿Qué basura es esa ahora?”, preguntó Fausto, acercándose un paso, desconfiado.

“Acérquese y lea. Usted sabe leer, ¿verdad? Lo demostró bastante bien el día de la madre”.

Fausto dudó, pero la curiosidad y el miedo pudieron más que su orgullo. Se acercó a la mesa y miró los papeles. Su rostro, que hasta ese momento estaba rojo por la furia, perdió todo su color en cuestión de segundos. Su mandíbula cayó ligeramente.

Eran pagarés. Documentos de deuda, 25 en total, para ser exacta.

“Usted siempre pensó que yo me pasaba las tardes tejiendo y escuchando novelas en mi radio de transistores. Fausto pensó que yo era una pobre viuda ignorante”, dije, abriendo mi libreta de ule negro en la página correspondiente a sus desastres financieros. “Durante los últimos 5 años usted pidió dinero prestado a los prestamistas del centro, a la caja de ahorros del barrio y hasta a los proveedores de repuestos para su camioneta. Dinero que gastó en apuestas, en alcohol y en aparentar una vida que no podía sostener”.