Él quiso hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Sus ojos saltaban de un pagaré a otro, reconociendo su propia firma desordenada en tinta azul en cada uno de ellos.
“Lo que usted no sabía”, continué, saboreando cada sílaba con la lentitud de un caramelo de miel, “es que los usureros de este pueblo no tienen paciencia. Cuando usted dejó de pagarles, vinieron a buscarlo a esta casa. Yo los recibí en la puerta mientras usted dormía sus borracheras y, como no quería que le partieran las piernas frente a mis nietos o que embargaran las pocas cosas de valor que hay en esta casa, llegué a un acuerdo con ellos a través de mi notario, Don Anselmo. Yo compré su deuda. Pagué cada centavo en efectivo con el dinero de mi panadería. Yo soy su única acreedora, Fausto”.
Levanté el pagaré que estaba en la parte superior del fajo. Tenía la cifra más grande de todas.
“Este, en particular, es el préstamo que pidió poniendo su amada camioneta como garantía hace 3 años. Ese vehículo en el que planea huir hoy legalmente me pertenece. Si usted suma todos estos papeles, me debe una cantidad que no podría pagarme ni trabajando tres vidas seguidas como lavaplatos”.
El silencio que se instaló en el patio fue absoluto. Solo se escuchaba el zumbido de una mosca rondando cerca del asador frío y la respiración entrecortada de mi yerno. Mateo me miraba con los ojos muy abiertos, asombrado por el nivel de preparación que su abuela había mantenido en secreto durante un lustro entero.
Fausto tragó saliva con dificultad. Sus manos, las mismas que minutos antes habían zarandeado a mi hija, temblaban tanto que tuvo que apoyarlas en el borde de la mesa para no perder el equilibrio. La ilusión de su superioridad se acababa de hacer añicos contra el suelo de cemento.
“Soraida, yo… podemos llegar a un arreglo”, balbuceó.
Su voz ya no era un rugido; era el chillido agudo de un ratón atrapado en una trampa. “Usted sabe que yo no tengo ese dinero. No me puede quitar la camioneta. Es mi herramienta para buscar trabajo”.
Sonreí, pero no había alegría en mi gesto. Era la sonrisa de quien ha ganado una guerra que nunca debió haber existido.
“Usted no ha buscado trabajo en 10 años, Fausto. Ha buscado excusas. Y no, no vamos a llegar a ningún arreglo, porque yo no negocio con hombres que humillan a las mujeres en su propia mesa”.
Cerré mi libreta de ule negro y la guardé bajo el brazo. Miré a mi yerno directamente a los ojos, sin parpadear. Él apartó la mirada casi de inmediato, incapaz de sostener el peso de su propia vergüenza.