“Fausto, por favor, no tenemos a dónde ir”, suplicaba mi hija, retorciéndose las manos. “Los niños están a mitad del año escolar. No puedes pedirme que los saque a la calle. Habla con mi mamá. Pídele perdón. Seguro ella…”.
“Yo no le pido perdón a esa vieja”, la interrumpió él, dando un paso amenazador hacia ella. “Tú eres mi esposa y tu deber es seguirme. Si no vienes conmigo, te juro que no vuelves a ver un centavo mío. A ver cómo le das de comer a estos mocosos”.
Era el momento. El reloj del horno había sonado y la masa estaba lista para el fuego final. Deslicé el cerrojo de acero macizo de mi puerta. Salí al patio con pasos lentos, pero firmes, alisando mi falda de lino. No llevaba las manos vacías. Bajo el brazo izquierdo sostenía mi vieja libreta de ule negro y una caja de metal antigua, una lata rectangular donde antes venían galletas danesas de mantequilla, pero que yo usaba desde hacía años como archivo personal de mis finanzas más delicadas.
Al escuchar mis pasos sobre las baldosas rojas, Fausto se giró hacia mí. Sus ojos destilaban odio, pero también un terror profundo que intentaba camuflar con volumen.
“Ahí viene la dueña del castillo”, gritó, abriendo los brazos en un gesto teatral y patético. “Venga, Soraida. Llame a sus policías. Ya me voy, pero me llevo a mi familia porque ellos son míos, no suyos”.
Me detuve a dos metros de él. No miré su maleta ni su rostro enrojecido. Miré a Lorena. Mi hija tenía la mirada rota, atrapada entre el miedo al abandono y el pánico de seguir a un hombre que la arrastraría al fondo del abismo.
“Lorena”, dije con una voz suave, casi como si le estuviera hablando a la niña de 10 años que alguna vez fue. “Entra a la casa, lleva a los niños a su cuarto y cierra la puerta”.
“Nadie se mueve”, rugió Fausto, agarrando a Lorena del brazo con brusquedad.
Antes de que yo pudiera dar un paso para intervenir, una sombra alta y ancha se interpuso entre ellos. Era Mateo. Mi nieto no dijo una sola palabra; simplemente agarró la muñeca de su padre con una fuerza brutal, sus nudillos blancos por la presión, y lo obligó a soltar a su madre. Fausto lo miró, sorprendido por la fuerza del muchacho. Mateo lo empujó ligeramente hacia atrás, marcando una línea invisible en el cemento del patio.