Era día de la madre. Mi yerno gritó frente a mis 12 nietos: “Vieja, nadie la invitó. Deje de venir a comer gratis a mi casa.” Todos miraron al piso. Me levanté, besé a cada nieto y saqué un sobre de mi bolso… Cuando lo abrió tembló…

Su deterioro físico y mental era evidente. Sin su aire acondicionado, sin sus partidos de fútbol, sin el internet para evadirse de su propia mediocridad, se había visto obligado a habitar su propia realidad y claramente no le gustaba el vecindario. Caminaba por los pasillos arrastrando los pies, con la barba crecida de varios días y los ojos inyectados en sangre. Su arrogancia inicial, esa que lo hizo gritarme frente a mis 12 nietos el día de la madre, se había encogido hasta convertirse en un resentimiento mudo y cobarde. Había intentado un par de trucos sucios más durante esos días, como dejar las llaves de los grifos abiertas para desperdiciar el agua o tirar basura cerca de la puerta de mi anexo. Pero Mateo, fiel a su promesa, cerraba las llaves de inmediato y barría la basura antes de que yo siquiera tuviera que levantarme. Mi nieto mayor se había convertido en un muro de contención silencioso entre la rabieta de su padre y mi tranquilidad.

Esa tarde de jueves, el reloj de la sala marcaba las 5 cuando la tensión finalmente alcanzó su punto de ebullición. Yo estaba en mi anexo limpiando mis viejos moldes de hojalata y escuchando un programa de boleros en mi radio de transistores plateado. De pronto, un estruendo metálico hizo vibrar los cristales de mi ventana. Apagué el radio de inmediato. El sonido venía del patio.

Me asomé y vi a Fausto pateando una silla de hierro forjado contra la pared. Llevaba una maleta negra a medio cerrar en una mano y, con la otra, señalaba a mi hija Lorena, que lloraba de pie junto a la puerta de la cocina.

“Te he dicho que empaques a los niños, Lorena”, bramó Fausto con la voz rasposa por la rabia. “No me voy a quedar un minuto más en este chiquero esperando a que tu madre me mande a la policía. Nos vamos todos de aquí ahora mismo”.

Lorena negaba con la cabeza, temblando de pies a cabeza. Mis nietos más pequeños miraban la escena desde la ventana de la sala con los ojitos muy abiertos por el miedo.