A las cinco de la tarde el mercedes de isabella se estacionó frente al portón y isabella venía con un pañuelo de seda cubriéndole la frente, fingiendo su herida de la caída. Patricia caminaba con un aire de superioridad, como si ya fuera la dueña de mi casa. Y junto a ellas venía un hombre de traje brillante al que presentaron como josé, el supuesto organizador de bodas que venía de parís.
Isabella se me lanzó encima con un abrazo que me dio escalofríos. Me dijo que sabía que yo siempre los amaba y que por fin seríamos una familia unida. Patricia me miró con una sonrisa de suficiencia, recorriendo con la vista mis muebles y mis cuadros como quien hace un inventario de lo que pronto va a robar.
Nos sentamos en la sala y josé sacó sus documentos. Hablaba con un acento fingido, tratando de sonar francés. Me puso enfrente un contrato lleno de cláusulas ridículas y términos legales que solo buscaban amarrar mi fortuna. Me pedía que firmara en ese momento para asegurar el lugar de la fiesta. Yo lo miré a los ojos y pensé: hola isabella, de verdad me crees muy tonta para traerme a este actor de mala muerte. Pero le devolví la sonrisa y los invité a pasar al comedor.
El almuerzo fue un desfile de mentiras. Isabella no paraba de hablar del vestido de encaje y de los tres días de fiesta. Patricia ya estaba planeando mudarse a mi casa para, según ella, apoyarnos en todo. Mateo estaba radiante. Hoy le servía comida a isabella, le daba besos en la mano y me miraba con una gratitud que me partía el corazón. Mi pobre hijo estaba sentado a la mesa con el diablo y pensaba que estaba en el cielo. Comí en silencio y escuchando cómo se repartían mi vida. Soporté cada palabra, cada burla oculta bajo sus cumplidos.
Cuando terminamos el mole regresamos a la sala. José puso el contrato de los diecisiete millones sobre la mesa de madera. Hoy isabella me ofreció una pluma de oro, con los ojos brillándole por la codicia. Sentí que el ambiente se ponía pesado, como si el aire se hubiera acabado en la habitación.
Tomé la pluma. Sentí el peso del metal en mis dedos. Hoy miré a isabella y luego a patricia. Están seguras de que esto es todo lo que quieren de mi familia, no les pregunté con una calma que las hizo dudar por un segundo. Isabella asintió con desesperación, apurándome para que pusiera mi nombre en ese papel.
Gracias. Este fue una sonrisa que me guardé durante toda una semana de dolor. Bajé la pluma hacia el papel, pero no para firmar. Miré a mateo y luego a las dos mujeres. Entonces, antes de poner una sola letra, les dije en voz baja: pero ahora déjenme que les muestre el verdadero contrato que ustedes van a tener que firmar hoy mismo.
El silencio que siguió fue absoluto. La trampa se cerró y ellas todavía no se daban cuenta. Ahí estábamos, en el centro de mi sala, con el aroma del mole todavía flotando en el aire. José, el supuesto organizador francés, me acercó la pluma de oro con una sonrisa de tiburón. Isabella me miraba con una urgencia que ya no podía disimular y patricia, su madre, se acomodaba en el sillón como si estuviera sentada en un trono.
Tomé la pluma. Sentí su peso frío, pero en lugar de firmar aquel papel de diecisiete millones lo puse a un lado con lentitud. Saqué otro fajo de documentos de mi carpeta negra y lo deslicé sobre la mesa hacia isabella.
Antes de que yo suelte un solo centavo para esta boda, dije con una voz que no me tembló ni un poquito, vas a firmar este contrato prenupcial.