En Nochebuena, la encontró durmiendo en el ático con su hijo pequeño, y todo cambió.

No hubo tiempo para preguntas. Solo para actuar.

Se quitó el abrigo, envolvió a ambas con él y cargó primero a la mujer, sosteniendo a la niña contra su pecho. Bajó con un cuidado desesperado, atravesó el patio cubierto de nieve y entró en la casa casi a empujones. El fuego del hogar estaba bajo, convertido en brasas. Se arrodilló, echó leña, sopló, esperó. Las llamas crecieron poco a poco, pintando de dorado los rostros helados de aquellas desconocidas.

Julián trabajó durante toda la noche con manos firmes y corazón tembloroso. Calentó agua sin dejar que hirviera, frotó sus manos y sus pies con cuidado, cambió la ropa mojada de la niña, la envolvió en lana seca y la sostuvo junto a su pecho para darle calor. La pequeña era una niña de unos seis meses, con mejillas hundidas y deditos rígidos que tardaron mucho en volver a la vida.

La mujer despertó cerca del amanecer.

Abrió los ojos de golpe, negros y enormes, llenos de pánico.

—Por favor… —susurró con la voz rota—. No nos haga daño.

Julián retrocedió apenas, bajando el tono para no asustarla.

—Está a salvo. No voy a lastimarla. Las encontré en mi establo. Estaban congelándose.

Ella buscó con la mirada a la bebé y la encontró dormida en los brazos de Julián.

—¿Mi niña?

—Está viva. Ya tomó un poco de leche tibia. Está mejorando.

La mujer cerró los ojos y dos lágrimas resbalaron por sus sienes.

—Gracias… gracias…