En Nochebuena, la encontró durmiendo en el ático con su hijo pequeño, y todo cambió.

Más tarde, cuando pudo beber un poco de caldo, dijo que se llamaba Elena Robles. La bebé era su hija, Amalia. Venían de Coahuila y buscaban llegar a Hermosillo, donde vivía una hermana casada desde hacía un año. Se había unido a una caravana meses atrás, pero enfermó en el camino. Luego la niña tuvo fiebre. Los demás prometieron esperar, prometieron mandar ayuda, prometieron muchas cosas. Al final, las dejaron en una posta con la excusa de que regresarían por ellas.

Nadie volvió.

Gastó lo poco que tenía en comida y techo, y cuando el dinero se terminó, la echaron. Caminó durante dos días con la niña en brazos, bajo la nieve, hasta ver el establo de Julián a lo lejos como si fuera un milagro.

Julián escuchó en silencio, con la mandíbula dura. Había conocido hombres crueles, pero aquello le revolvió el alma.

—Se quedarán aquí —dijo al fin.

Elena lo miró desconfiada, como si no hubiera oído bien.

—No puedo pagarle.

—No le estoy cobrando.

—No quiero ser una carga.

—Con una niña en brazos y el invierno encima, no tiene a dónde ir. Así que se quedarán. Hasta que pase el frío. Hasta que recupere fuerzas. El tiempo que haga falta.

Elena lo estudió largo rato. Buscaba segundas intenciones, trampas, codicia. Pero en el rostro de aquel hombre solo encontró cansancio y una tristeza antigua que le resultó extrañamente familiar.

—Gracias, señor…