Aquella noche, sin embargo, se sentía distinta.
Tal vez era el frío más duro de lo normal. Tal vez era la fecha. O tal vez era que, en el fondo de su pecho, algo llevaba horas inquieto, como si el destino caminara entre la nieve y ya estuviera muy cerca.
Cuando llegó al establo, se detuvo en seco.
La puerta estaba entreabierta.
Julián frunció el ceño. Él mismo la había cerrado antes del anochecer. Pensó en el viento, en algún animal, en cualquier explicación sencilla. Pero apenas empujó la madera y entró, supo que aquello no era normal. Los caballos resoplaban nerviosos en sus pesebres. El hielo cubría las vigas y el olor a heno húmedo llenaba el aire helado.
Entonces lo oyó.
Un llanto.
Débil. Intermitente. Tan frágil que parecía imposible que siguiera vivo.
Julián levantó el farol y siguió el sonido hasta el altillo. Subió la escalera de madera con el corazón golpeándole fuerte en el pecho. Al llegar arriba, abrió el círculo de luz y el tiempo se partió en dos.
Había una mujer joven acurrucada sobre un montón de heno, abrazando a una bebé contra su cuerpo. Las dos estaban medio cubiertas por una manta delgada, endurecida por la nieve derretida. La mujer tenía los labios morados, el cabello oscuro lleno de escarcha y el rostro tan pálido que parecía ya del otro mundo. La niña apenas se movía.
—Dios santo… —murmuró Julián.