En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

También contó que sacó copias de estados de cuenta de la tarjeta de Belisario: viajes carísimos de negocios a los que nunca la llevó, regalos finísimos que no eran para ella.

—Una vez —dijo en voz baja— vi una factura de un collar de diamantes de París. Le pregunté y me dijo que era para su mamá, pero yo sé que ella jamás usaría algo así.

La miré sintiendo un nudo entre orgullo y tristeza.

—No me atreví a contártelo, mamá —dijo Crisanta mientras las lágrimas le rodaban—. Tenía miedo de que si se enteraban se llevarían a Iker. En ese instante mi plan era guardarlo como última carta para usarlo en el juzgado si pedía el divorcio. No contaba con que tú actuaras primero.

La abracé fuerte, sintiendo su pecho temblar.

—Hijita —le dije bajito—, no eres débil. Hijita, hoy luchaste tú sola, en silencio. Estoy tan orgullosa de ti.

Crisanta lloró, pero ahora eran lágrimas de desahogo, como si se hubiera quitado toneladas de encima. Por primera vez en años, mi hija y yo estábamos juntas de verdad, sin máscaras ni miedo. Ya no éramos dos almas separadas. Éramos un frente unido, más fuerte que el apellido Rascón.

—Mamá —dijo mientras se limpiaba el rostro—, ¿qué vamos a hacer con esto?

Señaló la USB.

Sonreí, sintiendo por fin una chispa de esperanza.

—Vamos a llevarla donde debe estar. Y vamos a terminar con todo esto.

Salimos del café, pero no fuimos a casa. Le tomé la mano a Crisanta y la llevé directo al despacho de la licenciada Casilda. El olor familiar a papeles y café llenaba el aire. Casilda levantó la vista, su mirada filosa recorriéndonos.

—Señora Benita —dijo—, supongo que esto no es una visita para saludar.

Crisanta dio un paso al frente y dejó la USB sobre el escritorio.

—Esto es lo que tengo —dijo con voz firme—, y quiero que paguen.

Casilda conectó el dispositivo a su computadora. Conforme escuchábamos las grabaciones, la voz de Belisario echando pestes, la de doña Eulogía humillando… Ella sonrió con una frialdad letal.

—Si los estados de cuenta solo les movieron el piso, esto los va a tirar por completo.

Apreté la mano de Crisanta.

—¿De verdad se puede, mamá? —susurró.

—Sí se puede —contesté.