En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

Al salir, vi el cielo de la ciudad despejarse. El camino iba a ser largo, pero esta vez no lo caminaba sola.

Dos días después, estaba frente al espejo de mi departamento con un traje gris sencillito, pero formal. No era de diseñador, pero lo había guardado para momentos que importan. Hoy era uno de esos días. Me recogí el cabello, respiré hondo y pensé en Crisanta, en Iker, en todos los años que aguantamos.

La cita en el despacho de la licenciada Casilda Román no era por cortesía. Era una orden. Y sabía que los Rascón ya estaban temblando.

Me vi directo a los ojos en el espejo y murmuré:

—Benita, llegó el momento de que hable la justicia.

Ya no quedaba ni una pizca de duda, solo una determinación helada.

Pasé a recoger a Crisanta antes de irnos al despacho. Ella estaba ahí, parada frente al portón del edificio, vestida formal, con un traje azul marino y el cabello recogido en un chongo alto. Ya no era la joven temblorosa y pálida de antes.

—Mamá —me dijo al tomarme la mano—. Estoy lista.

Le apreté los dedos con orgullo.

—Hija, yo también.

Subimos juntas al taxi rumbo al despacho de Casilda. Mientras el auto avanzaba por las calles ajetreadas de la Ciudad de México, mi mirada se perdía por la ventana, pero mis pensamientos solo giraban en torno a lo que estaba por pasar. Aquello no era una simple cita. Era el día en que los Rascón tendrían que mirarse al espejo.

Al entrar en la oficina de Casilda, nos recibió ese olor familiar a papel viejo y café. Don Crisólogo, doña Eulogía, Belisario y su abogado, el licenciado Eleuterio Mallorca, ya nos esperaban sentados alrededor de la mesa de juntas, todos con caras tensas y aspecto descompuesto. Don Crisólogo, aquel que antes me gritaba con el dedo en la cara, ahora bajaba la cabeza con las manos entrelazadas para disimular el temblor. Doña Eulogía, pálida como vela, no quería cruzar la mirada con nadie. Belisario se retorcía inquieto, los ojos dando vueltas como los de un animal acorralado. El licenciado Mallorca, por lo general imperturbable, se secaba el sudor de la frente a cada rato.

Al vernos entrar a Crisanta y a mí, los cuatro se pusieron de pie. Era la primera vez que lo hacían ante nosotras.