También conocí a Elena Vargas, la contadora principal, quien me mostró libros financieros que documentaban ganancias anuales de más de 20 millones de dólares. “Las plantaciones son increíblemente rentables,”, me explicó. Pero Don Tadeo siempre reinvertía la mayoría de las ganancias en mejorar las condiciones de trabajo y los salarios de los empleados.
¿Los salarios son justos? Pregunté porque sabía que en muchas plantaciones los trabajadores eran explotados.
Don Tadeo pagaba el doble del salario mínimo nacional”, respondió Elena con orgullo. También proporcionaba vivienda gratuita, [música] atención médica y educación para los hijos de los trabajadores. Decía que un negocio solo es exitoso si beneficia a todos los que participan en él.
Durante el recorrido por las instalaciones [música] pude ver el cuidado con que todo estaba organizado. Los trabajadores tenían casitas limpias y bien mantenidas, una clínica médica moderna [música] y una escuela pequeña donde los niños de los empleados recibían educación gratuita. Era como un pequeño pueblo próspero en medio de las montañas.
[música]
“Señora Monteverde”, me dijo Iván mientras caminábamos por los secadores de café. “Hay algo que don Tadeo nos pidió que le dijéramos cuando usted [música] llegara. Todos nosotros. Los empleados de hace más tiempo contribuimos para comprarle algo especial.”
Me guió hacia una oficina donde me esperaba [música] una sorpresa increíble. En la pared había un retrato pintado al óleo de Roberto y Tadeo juntos, basado en las fotografías que había visto el día anterior. Pero lo que me quitó el aliento fue lo que estaba debajo del retrato, [música] una placa de bronce que decía en honor a Teresa Monteverde Morales, la mujer que enseñó a nuestros [música] patrones el verdadero significado del amor y el sacrificio.