Mientras desayunaba en el comedor principal, [música] con vista a las montañas verdes que ahora me pertenecían, no pude evitar pensar en mis hijos. Ya habrían descubierto la verdad sobre su herencia. ¿Estarían desesperados tratando de encontrar una solución a las deudas que habían heredado? Una parte pequeña de mi corazón sentía pena por ellos. Pero una parte más grande sentía que finalmente estaban aprendiendo una lección que necesitaban desde hacía mucho tiempo.
“Señora Monteverde”, dijo Moisés entrando al comedor a las 9 en punto, “hoy conocerá a las personas [música] que han mantenido funcionando este imperio durante los últimos años. Son personas leales que adoraban a Tadeo y que están ansiosas por conocer a la nueva patrona.”
Salimos en un jeep hacia las oficinas administrativas que [música] estaban ubicadas en un edificio moderno en medio de las plantaciones. El viaje me permitió ver la magnitud real de mi nueva propiedad. Hileras e hileras de plantas de café se extendían por las colinas. Trabajadores en sombreros de paja recogían los granos rojos maduros y camiones cargados con la cosecha circulaban por caminos bien mantenidos.
Empleamos a 500 personas directamente”, explicó Moisés mientras conducía, pero durante la temporada de cosecha ese número sube a casi [música] 800. Muchas de estas familias han trabajado para los Monteverdes durante tres generaciones.
En las oficinas me presentaron a Iván Rodríguez, el administrador general, un hombre de 60 años con manos callosas y ojos honestos que había trabajado para Tadeo durante 20 años. Señora Monteverde”, me dijo quitándose el sombrero respetuosamente. Don Tadeo nos habló mucho de usted. Nos dijo que cuando llegara tendríamos a la patrona más justa que podríamos desear.