“Pero ya estoy a jornada completa.” Balbuceo ella. “Si no te gusta, la puerta está allí. Hay 20 currículums esperando tu puesto. Desde arriba Marcos escuchaba todo. Cada palabra, el perros callejeros, el castigo extra, la humillación. Su mandíbula se tensó. No era la primera vez que veía a un gerente ejercer poder de más, pero aquí había algo distinto. La basura, la familia, la forma en que Lucía, ni siquiera se defendía. Bajó unos peldaños, pero se detuvo. Años de negocios le habían enseñado a no reaccionar en caliente, a observar primero.
Sin embargo, algo en su pecho le decía que estaba llegando al punto en que el silencio también lo convertiría en cómplice. Lucía respiró hondo. ¿Puedo al menos terminar de limpiar el salón? Preguntó con la voz rota. Claro, no quiero excusas mañana y ni se te ocurra tocar otra bandeja de sobras. Estamos. Ella asintió. Sergio se alejó, volvió a sacar el móvil y se puso a hablar con alguien riéndose como si acabara de contar un chiste. Mientras frotaba una mesa, Lucía notó un pequeño mareo.
No había comido nada desde las 5 de la tarde cuando se tragó un café con dos galletas que una compañera le había regalado. Miró el reloj. Casi la 1 de la mañana. Pensó en el metro, en llegar a casa, en la cara de su hermano al ver que no traía nada. El pecho se le apretó. Al terminar, apagó las últimas luces y fue a dejar el trapo y el delantal en la cocina. Al doblar la esquina del pasillo, escuchó una voz grave detrás de ella.