Don Sebastián observaba el progreso con orgullo paternal. Ahora viene lo más difícil”, advirtió el anciano cuando terminaron la instalación. La espera. Los árboles necesitan tiempo para despertar. Para disgusto de Elena, tenía razón. Las siguientes semanas fueron un ejercicio de paciencia. Algunos árboles mostraban signos alentadores, pequeños brotes, tímidas yemas. Otros permanecían obstinadamente dormidos. Los injertos, sin embargo, comenzaron a mostrar resultados prometedores. Las uniones cicatrizaban bien y nueva vida fluía a través de ellas. Una mañana, mientras Elena examinaba un manzano particularmente obstinado, don Sebastián se presentó con una caja de madera.
He estado pensando”, dijo misteriosamente. “Estos árboles son fuertes, pero necesitan algo especial para despertar completamente.” Abrió la caja y mostró su contenido. Pequeñas bolsitas de semillas etiquetadas con nombres que Elena nunca había escuchado. “Son variedades antiguas de frutales,”, explicó. Algunas de ellas casi extintas. Mi abuelo las coleccionaba. He guardado estas semillas durante años. esperando el momento adecuado para usarlas. Y ese momento es ahora. Ese momento eres tú, respondió el anciano. Estas semillas necesitan a alguien que crea en ellas, que tenga paciencia y corazón para verlas crecer.
Alguien como tú, Elena, con manos temblorosas, ella aceptó el regalo. Era una responsabilidad enorme, pero también una oportunidad única. Las cuidaré como si fueran un tesoro, prometió. Son un tesoro, afirmó don Sebastián. En estas semillas está la historia de nuestra tierra, variedades que nuestros antepasados cultivaron durante siglos y que ahora están desapareciendo por culpa de la agricultura industrial. Esa misma tarde, Elena y don Sebastián prepararon un pequeño semillero protegido para las semillas especiales. Cada una fue plantada con reverencia, cada una representaba una promesa.