Elena escuchaba con el corazón encogido. No esperaba grandes riquezas, pero al menos confiaba en recibir algo que le permitiera comenzar una vida propia después de tantos años de dedicación. A mi hijo primogénito Raúl Mendoza Ordóñez le casa familiar y los terrenos de regadío que lindan con el río, que suman 20 haáreas. Raúl sonrió con satisfacción. Eran las mejores tierras de la comarca. A mi segundo hijo Javier Mendoza Ordóñez le 10 hectáreas de olivar y la casa de la abuela en el pueblo junto con el tractor y los aperos agrícolas.
Javier asintió complacido. El olivar producía aceite de primera calidad que se vendía a buen precio. Elena contuvo la respiración. Ahora vendría su parte. Y a mi hija Elena Mendoza Ordóñez le lego la parcela del alto con su huerto de frutales. El silencio se hizo pesado. Elena parpadeó confundida. La parcela del alto era un terreno pedregoso, alejado del río, donde su padre había intentado plantar algunos árboles frutales años atrás. Un proyecto abandonado que nadie visitaba desde hace tiempo.
Raúl soltó una risita disimulada. ¿Solo eso?, preguntó Elena con un hilo de voz. El notario la miró por encima de sus gafas. “Hay una nota personal que su padre dejó para usted”, dijo extendiéndole un sobre sellado. Con dedos temblorosos, Elena abrió el sobre y desdobló la hoja que contenía. La caligrafía irregular de su padre parecía burlarse de ella. Elena, te dejo los árboles secos del alto. Con estos palos muertos aprenderás el valor del esfuerzo, algo que nunca has entendido por quedarte en casa como una cobarde.