Un brillo casi imperceptible apareció en sus ojos.
—Dígalas.
—Mi hija va primero. Siempre.
—De acuerdo.
—Terminaré mi carrera.
—No solo la terminará. La haré estudiar en la mejor universidad que quiera.
Tragué saliva.
—Y no seré un adorno ni una posesión. Si voy a casarme con usted, me tratará con respeto.
Algo parecido a la admiración cruzó su expresión.
—No esperaría menos de mi esposa.
Esposa.
La palabra me golpeó extraño.
Miré a Mariela, que lloraba en silencio; miré al sacerdote, paralizado; miré a los invitados, que contenían el aliento. Luego miré a Lupita. Mi niña no entendía de deudas, traiciones ni hombres peligrosos. Solo sabía que su mamá estaba rota y que el pastel seguía esperándonos en el salón de fiesta.
—Mamá —susurró—. ¿Todavía va a haber pastel?
Alejandro la miró con gravedad solemne.
—Claro que sí. Siempre debe haber pastel en una fiesta importante.
Y entonces, no sé por qué, reí entre lágrimas.
Tal vez porque estaba al borde de la locura. Tal vez porque ya no me quedaban fuerzas para otra cosa. Tal vez porque, por primera vez en todo el día, alguien había pensado en lo que esa pequeña necesitaba.
Respiré hondo.
—Sí —dije al fin, poniendo mi mano temblorosa en la suya—. Acepto.
Parte 2 …

La ceremonia ocurrió como dentro de un sueño ajeno. El sacerdote apenas podía hilar las palabras. Los invitados cuchicheaban, horrorizados y fascinados a la vez. Alejandro sacó un anillo sencillo de platino con un diamante pequeño, elegante, perfecto. Cuando llegó el momento del beso, esperó un instante, dándome la oportunidad de apartarme.
No lo hice.
Sus labios tocaron los míos con una delicadeza inesperada, sin exigencia, casi como una promesa.
Después fuimos al salón. La fiesta siguió, absurda y extrañamente hermosa. Muchos familiares de Gerardo se marcharon, avergonzados. Los míos se quedaron conmigo. Lupita se comió dos rebanadas de pastel, bailó con su vestido arrugado y terminó dormida en brazos de Alejandro mientras él la mecía como si la hubiera cargado toda la vida.
Esa noche me llevó a una hacienda inmensa a las afueras de la ciudad. Yo estaba segura de haber cambiado una pobreza honesta por una jaula dorada. Pero al entrar descubrí algo que me desarmó: una habitación infantil pintada completamente de morado, el color favorito de Lupita. Había libros, peluches, una casita de té y una lámpara con estrellitas en el techo.
—¿Cómo supo? —pregunté.
—Escuché a su hija decirlo una vez en la plaza —respondió—. Usted estaba cansada. Compartían un elote y ella habló durante diez minutos sin respirar.
No supe qué decir.