sido mentira?
—Mamá —dijo de pronto Lupita, acercándose con su coronita de flores torcida—. ¿Ya no va a haber boda?
Antes de que pudiera responder, Alejandro se agachó hasta quedar a su altura. Sus hombres se tensaron de inmediato, pero él no apartó la vista de mi hija.
—Hola, pequeña —dijo con una suavidad inesperada—. ¿Cómo te llamas?
—Lupita. Tengo cinco. —levantó la mano abierta, mostrándole los dedos—. ¿Tú eres amigo de Gerardo?
Una sombra cruzó el rostro de Alejandro.
—No. No soy su amigo.
Lupita lo estudió con toda la seriedad de una niña.
—¿Entonces por eso no vino? ¿Porque te tiene miedo?
Contra toda lógica, Alejandro soltó una breve risa.
—Sí, princesa. Justamente por eso.
Cuando volvió a ponerse de pie, me miró fijamente.
—La deuda debe pagarse de alguna forma.
Un frío me recorrió la espalda.
—Yo no tengo ese dinero.
—Lo sé. También sé que trabaja por las mañanas en un restaurante, que estudia enfermería por las noches, que tiene recibos médicos atrasados por el asma de su hija y que lleva años haciendo milagros con muy poco.
Me quedé helada.
—¿Cómo sabe todo eso?
—Porque llevo meses observándola.
Mariela dio un paso al frente.
—Eso es enfermizo.
Él ni siquiera la miró.
—Yo lo llamo ser cuidadoso.
—¿Qué quiere de mí? —pregunté, sintiendo que el corazón quería escapárseme del pecho.
Alejandro bajó la voz.
—Quiero proponerle algo.
—¿Qué cosa?
Se hizo un silencio absoluto.
—Cásese conmigo.
El ramo se me cayó de las manos. Los pétalos blancos se esparcieron sobre el mármol.
—¿Qué?
—Su prometido rechazó ocupar ese lugar. Yo se lo ofrezco. Su deuda quedará cerrada. Usted y su hija tendrán seguridad, educación, casa, protección… y un futuro.
—Eso es una locura.
—Tal vez —respondió con calma—. Pero es una locura más digna que la humillación que él le dejó.
Lo miré como si estuviera frente a un desconocido salido de una pesadilla. Y, sin embargo, había algo en su franqueza que dolía menos que las mentiras dulces de Gerardo.
—No puedo casarme con un extraño.
—Lo conoció a él durante un año —repuso—, y mire cómo terminó. A veces los extraños son más honestos que quienes dicen amarnos.
Miré a Lupita. Seguía observándonos, confundida, apretando la falda de su vestido.
—Si acepto —dije lentamente—, tengo condiciones.