El novio rechazó a la novia en el altar, así que el jefe de la mafia se adelantó y dijo: “Entonces es mía”.

El novio rechazó a la novia en el altar, así que el jefe de la mafia se adelantó y dijo: “Entonces es mía”.

La novia abandonada y el hombre que llegó con la tormenta

Las campanas antiguas de la catedral de San Agustín, en Guadalajara, repicaban sobre mi cabeza como si cada campanada viniera a recordarme una verdad que yo todavía no quería aceptar. Mis dedos temblaban alrededor de un pequeño ramo de rosas blancas. El perfume, que horas antes me había parecido delicado, ahora me asfixiaba en el aire pesado del templo.

Los murmullos crecían detrás de mí.

—No va a venir —susurró mi hermana Mariela, apoyando una mano cálida sobre mi hombro desnudo.

Negué con la cabeza. Mi vestido prestado, demasiado apretado en el pecho y flojo en la cintura, me hacía sentir atrapada. Al frente, en la primera banca, mi hija Lupita, de cinco años, jugaba con los pétalos de su vestido de niña de las flores, demasiado pequeña para entender la humillación que me estaba partiendo el alma.

—Espera un poco más —murmuré.

Pero en el fondo ya lo sabía.

Una hora antes había recibido un mensaje de Gerardo. No me había atrevido a leerlo completo, pero las pocas palabras que alcancé a ver me ardían en la memoria:

No puedo hacer esto, Valeria. No puedo cargar con la responsabilidad de criar a la hija de otro.

Responsabilidad.

Así era como veía a Lupita. No como a la niña dulce que durante meses lo había llamado “Gero”, sonriendo con toda el alma, sino como una carga.

Ochenta y tres invitados ocupaban las bancas. Casi todos eran familia o amigos de él. El sacerdote me miraba con una compasión que me revolvía el estómago. Mi mejor amiga Renata regresó corriendo por el pasillo central. Solo con ver su cara entendí todo.

—Le dejó una nota al padrino —me dijo en voz baja, entregándome el papel doblado.

No lo abrí.

No hacía falta.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Tres años trabajando dos empleos, tres años criando sola a mi hija, tres años soñando con una familia estable… para terminar así, plantada frente a todos.

La primera lágrima me corrió por la mejilla y arruinó el maquillaje que había pagado a plazos para sentirme hermosa por una sola vez.

—Tengo que sacar a Lupita de aquí —dije, con la voz quebrada—. No quiero que me vea así.

Me volví para buscarla, pero en ese instante las enormes puertas de madera se abrieron de golpe.

El sonido retumbó en la catedral como un trueno.

Todos guardaron silencio.

Entró un hombre alto, de traje oscuro impecable, acompañado por varios hombres más, todos vestidos con la misma sobriedad elegante y peligrosa. Caminó por el pasillo con una seguridad que hizo que cada cabeza se girara hacia él.

No lo conocía.

Y aun así, algo en su rostro me resultó extrañamente familiar.

Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, facciones duras, hermosas de una manera inquietante, como las cosas que uno admira sabiendo que también pueden herir.

Se detuvo frente a mí.

—¿Valeria Mendoza? —preguntó con voz grave.

Asentí, aferrándome al ramo como si fuera un escudo.

—Mi nombre es Alejandro Villaseñor.

El nombre no significó nada para mí, pero algo cambió en la expresión de los invitados. Varios se miraron entre sí. Mariela dio un paso a mi lado.

—Su prometido no va a venir —dijo Alejandro, lanzando una mirada de desprecio hacia el altar vacío.

—Ya lo sé —susurré.

Él apretó la mandíbula.

—Gerardo trabajaba para una empresa que responde ante mí. Me robó dos millones de pesos y huyó esta mañana. Pensó que casarse con usted lo haría parecer respetable mientras preparaba su fuga.

Sentí que el piso se inclinaba.

—No entiendo…

—No iba a casarse jamás —continuó—. Usted y su hija solo eran parte de su fachada.

Cada palabra fue una cuchillada. Pensé en las veces que Gerardo llevó a Lupita por un helado, en sus promesas de comprarnos una casita, en los planes que hicimos para esa misma tarde. ¿Todo había