El Multimillonario finge dormir para probar a la sirvienta y se queda paralizado cuando ella…

—Elena trabaja en mi casa con una competencia y una integridad que pocas personas en esta sala podrían igualar.

El comentario cayó como una bofetada elegante. Isabel entendió que había perdido la primera ronda.

La segunda fue mucho peor.

En febrero, la policía citó a Elena por el robo de un brazalete de oro blanco que había pertenecido a Fernanda. La joya apareció en su bolso, dentro del casillero que usaba en la mansión. Los medios hicieron fiesta: “La sirvienta del multimillonario”. “Robo sentimental en la casa del magnate”.

Elena negó todo con firmeza. Rodrigo también supo de inmediato que era una trampa.

—No va a renunciar —le dijo cuando ella, devastada, quiso apartarse para protegerlo del escándalo.

—Su empresa depende de su reputación. Yo soy el blanco más fácil.

—Precisamente por eso no la voy a dejar sola.

Pero Elena tomó una decisión dolorosa. Presentó su renuncia a la mañana siguiente. La señora Herrera la miró con algo muy parecido a la tristeza.

—La gente que se va cuando las cosas se complican nunca se entera de cómo terminan las historias —le dijo.

Rodrigo no durmió durante tres semanas. Contrató investigadores, revisó cámaras, interrogó accesos, reconstruyó movimientos. Descubrió lo que sospechaba: Isabel había pagado a un exempleado de mantenimiento para entrar a la mansión, robar el brazalete del despacho y colocarlo en el bolso de Elena. Quería destruirla para quebrar a Rodrigo y forzarlo a vender.

La detención de Isabel ocurrió un martes por la mañana, frente a las cámaras. Los mismos medios que habían ensuciado el nombre de Elena ahora publicaban su inocencia y la conspiración de la socia ambiciosa.

Esa tarde, Rodrigo la llamó.

—La fundación ya existe legalmente —le dijo—. Quiero que sea la primera beneficiaria.

Elena se quedó en silencio.

—¿Y la casa? —preguntó después.

—La casa también, si quiere volver. Pero la beca no depende de eso.

—Acepto la beca… y vuelvo.