El Multimillonario finge dormir para probar a la sirvienta y se queda paralizado cuando ella…
Cuando le dijeron que ya iban once empleadas en ocho meses, Rodrigo Cárdenas ni siquiera volteó. Seguía de pie frente al ventanal del último piso de la Torre Cárdenas, contemplando Monterrey envuelta en una neblina gris que desdibujaba los cerros. La taza de café negro sobre su escritorio llevaba más de veinte minutos intacta. Todo en él parecía detenido desde hacía tres años: la expresión, la voz, la vida.
—La agencia pregunta si esta vez quiere revisar el expediente antes de confirmar —insistió su asistente desde la puerta.
—Que venga —respondió Rodrigo con sequedad—. Todas se van de todos modos.
La puerta se cerró. Afuera, la ciudad despertaba entre luces amarillas y lluvia fina. Adentro, el hombre al que las revistas llamaban “el arquitecto de acero” volvió a quedarse inmóvil, como si llevara años ensayando la misma escena. Sus socios lo admiraban. Sus competidores le temían. Nadie se preguntaba qué se rompe dentro de un hombre cuando pierde, en una sola noche, a la mujer que amaba y a la hija que todavía no había aprendido a pronunciar bien su nombre.
A varios kilómetros de allí, en un departamento pequeño de la colonia Independencia que olía a café recalentado y a medicina, una joven doblaba con cuidado su uniforme azul marino.
—Abuela, mañana tengo entrevista —dijo sin levantar la voz.
Carmen Salgado abrió un ojo desde el sillón. Tenía artritis en las manos, insuficiencia cardíaca y una lucidez que intimidaba a cualquiera.
—¿Para qué trabajo?