Rodrigo no se movió durante varios minutos. Entendía perfectamente cada palabra. Había vivido en Madrid durante años cuando el grupo Cárdenas todavía era una empresa mediana. Y en doce palabras, una empleada a la que apenas conocía le había dicho más verdad que todos sus médicos, socios y amigos en tres años.
Esa noche bajó a cenar por primera vez en semanas.
A la mañana siguiente, Elena encontró un sobre sobre la encimera de la cocina. Dentro había una nota escrita a mano.
“Usted tiene razón. Es demasiado. No hay disculpa por haberlo ignorado tanto tiempo. —R.C.”
Elena leyó la nota tres veces y la guardó en el bolsillo del delantal.
Lo que siguió no fue un romance. Fue algo más extraño y más real.
Notas.
Pequeñas, discretas, sinceras.
Él escribió que la lavanda era el primer aroma agradable que había tenido ese estudio en mucho tiempo. Ella respondió que calmaba el sistema nervioso y no era solo decoración. Él confesó que el piano llevaba años cerrado porque pertenecía a su esposa, Fernanda. Ella le contestó que quizá podía empezar por abrirlo, sin tocarlo todavía, solo dejar que entrara aire.
Al día siguiente, el piano apareció abierto.
Un martes de noviembre, Rodrigo dejó la nota más larga.
Contó que tres años atrás había perdido a Fernanda y a su hija Lucía en un accidente en Valle de Bravo. Una tormenta inesperada. Una lancha. Él al timón. Desde entonces, revivía esa noche todos los días, cambiando decisiones en su cabeza, sin conseguir salvarlas nunca.
Elena leyó aquella nota sentada en un banco del jardín y lloró en silencio. Respondió esa tarde:
“Hay una diferencia entre recordar y quedarse encerrado dentro del recuerdo. Una cosa honra a quienes amamos. La otra nos hace desaparecer junto a ellos. Usted todavía está aquí. Eso importa.”
No hubo respuesta inmediata. Pero tres días después, la foto de Fernanda y Lucía, que siempre había estado girada hacia la pared en el estudio, apareció colocada de frente.